La palabra que hace mundo: Emilio Lledó y el origen griego de la creación

Emilio Lledó, El concepto «poíesis» en la filosofía griega. Heráclito–Sofistas–Platón. Publicada originalmente por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1961; edición conmemorativa de la Academia Mexicana de la Lengua, México, 2015.

Por Redacción Editorial Argos

5/8/202411 min read

Antes de que la poesía se convirtiera en un género literario, antes de que el poeta fuese reconocido como una figura distinta del artesano, el legislador, el historiador o el filósofo, los griegos dispusieron de un verbo extraordinariamente amplio: poieîn. El término significaba hacer, producir, fabricar, ocasionar que algo llegara a existir. De su misma raíz nació poíesis, palabra que con el transcurso del tiempo fue estrechando su sentido hasta quedar asociada de manera preferente con la composición poética. En ese desplazamiento semántico, aparentemente reservado a la filología, Emilio Lledó descubrió uno de los problemas centrales de la cultura occidental: la relación entre la palabra, la creación, el conocimiento y la vida política.

El concepto «poíesis» en la filosofía griega fue el primer gran trabajo de Lledó y surgió de las investigaciones doctorales desarrolladas durante sus años de formación en Alemania. La obra apareció en Madrid en 1961 bajo el sello del Instituto Luis Vives de Filosofía del CSIC. Décadas después fue recuperada por distintas editoriales, entre ellas Dykinson, y en 2015 la Academia Mexicana de la Lengua publicó una edición conmemorativa de 207 páginas, acompañada por materiales relacionados con la concesión a Lledó del primer Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña.

No estamos ante una historia general de la poesía griega ni ante una exposición convencional de las teorías estéticas de Platón. Lledó reconstruye la biografía intelectual de una palabra. Sigue las transformaciones de poieîn y poíesis desde Heráclito, atraviesa el momento decisivo de la sofística y se detiene extensamente en los diálogos platónicos. El índice de la obra revela con claridad este recorrido: después del análisis de Heráclito y del nacimiento del concepto, aparecen capítulos dedicados a los sofistas, al Ion, a las relaciones entre téchnē y poíesis, y a las formas de la creación como confección, imitación, sabiduría y actividad vinculada con la polis.

La originalidad del libro reside en que Lledó no estudia el lenguaje como un envoltorio colocado sobre ideas previamente constituidas. Las palabras no serían simples recipientes neutrales dentro de los cuales el pensamiento deposita un significado. Cada palabra conserva las marcas de las experiencias históricas en las que fue utilizada. Sus modificaciones permiten reconocer los cambios producidos en la conciencia de una sociedad. Investigar la historia de poíesis equivale, por ello, a estudiar cómo los griegos comenzaron a distinguir entre fabricar un objeto, ejecutar una técnica, narrar un acontecimiento, componer un poema, imitar una acción y construir mediante palabras una determinada imagen del mundo.

Esta posición anticipa el programa que recorrerá buena parte de la obra posterior de Lledó. La filosofía no puede separarse de las formas históricas de expresión en las que aparece. Los conceptos nacen dentro de una lengua compartida, circulan entre hablantes concretos, son modificados por los conflictos políticos y adquieren nuevas funciones cuando cambian las instituciones educativas. Uno de los méritos reconocidos de este primer libro consiste precisamente en haber vinculado historia de la filosofía, filología clásica y hermenéutica, frente a una enseñanza académica que con frecuencia presentaba los sistemas filosóficos como estructuras abstractas, aisladas de la sociedad y del lenguaje que las había hecho posibles.

El punto de partida se encuentra en Heráclito. No porque en sus fragmentos aparezca ya plenamente constituida una teoría de la poesía, sino porque en ellos comienza a hacerse visible la tensión entre el lenguaje heredado de los poetas y una nueva forma de discurso que aspira a expresar la estructura común de la realidad. Heráclito escribe todavía con una intensidad cercana a la sentencia oracular, a la imagen y al ritmo poético. Sin embargo, su palabra no pretende simplemente conservar el relato tradicional. Busca despertar al oyente, conducirlo desde las opiniones particulares hacia el reconocimiento de un logos común.

En este contexto, el enfrentamiento con los poetas adquiere una importancia especial. Homero y Hesíodo habían sido durante siglos los grandes educadores de Grecia. Sus poemas no constituían únicamente obras destinadas al entretenimiento: transmitían genealogías divinas, modelos de conducta, conocimientos prácticos, recuerdos colectivos y representaciones del orden humano. Criticar a los poetas significaba disputarles su autoridad sobre la verdad. Cuando los primeros pensadores examinan o rechazan determinados contenidos de la tradición épica, no están iniciando una discusión puramente literaria. Se está produciendo una transformación en las formas socialmente reconocidas del saber.

Lledó permite comprender que la célebre confrontación entre poesía y filosofía no comenzó como una oposición entre fantasía y razón, ni entre belleza y verdad. La poesía arcaica había sido una forma privilegiada de conocimiento. El problema surgió cuando aparecieron discursos capaces de interrogar sus afirmaciones, cuestionar sus modelos de autoridad y exigir una justificación diferente. El poeta ya no podía ser aceptado como maestro únicamente porque hablaba bajo la protección de las musas. La palabra comenzaba a quedar expuesta a la crítica.

Ese proceso se vuelve todavía más visible con los sofistas. En el espacio político de la polis democrática, el lenguaje adquiere una función desconocida en las antiguas monarquías aristocráticas. Hablar bien deja de ser un privilegio ornamental y se convierte en una forma de poder. Las decisiones colectivas se discuten en asambleas y tribunales; el prestigio depende de la capacidad para persuadir; la educación del ciudadano requiere aprender a construir argumentos, interpretar leyes y producir discursos adecuados a situaciones concretas.

La palabra se transforma así en una técnica. Puede estudiarse, enseñarse, organizarse y utilizarse de acuerdo con ciertos procedimientos. El discurso no aparece únicamente como vehículo de una verdad exterior a él, sino como una fuerza capaz de modificar la disposición de quien escucha. Gorgias representa uno de los casos más significativos: el lenguaje puede despertar temor, compasión, entusiasmo o confianza. En manos del orador, la palabra actúa sobre el ánimo y produce efectos comparables con los de un fármaco.

En este punto se comprende por qué el estudio de poíesis excede la teoría de la literatura. Producir un discurso significa también producir una determinada experiencia en los otros. El lenguaje crea adhesiones, dispone emociones, organiza recuerdos y hace aparecer posibilidades que antes no estaban presentes en la conciencia del oyente. La palabra es una acción. Por eso la investigación de Lledó conduce inevitablemente desde el poeta hacia el sofista, y desde el sofista hacia el filósofo.

El centro del libro se encuentra en Platón, autor que mantuvo una relación extraordinariamente compleja con la poesía. Ninguna interpretación suficiente puede presentarlo simplemente como un enemigo de los poetas. Platón es uno de los mayores escritores de la Antigüedad; construye escenas, personajes, mitos, imágenes y diálogos de una potencia literaria excepcional. Al mismo tiempo, somete la poesía tradicional a una crítica radical, particularmente cuando esta pretende presentarse como saber acerca de los dioses, la virtud, la educación o el gobierno de la ciudad.

En el Ion, Sócrates interroga a un rapsoda reconocido por su habilidad para recitar e interpretar a Homero. La pregunta fundamental es si su actividad procede de una téchnē, es decir, de un conocimiento organizado y capaz de explicar sus propios procedimientos, o de una inspiración que lo supera. El poeta aparece en el diálogo como un ser ligero, alado y sagrado, incapaz de componer mientras conserva el dominio ordinario de su razón. La poesía se transmitiría mediante una cadena de entusiasmo que parte de las musas, atraviesa al poeta y al rapsoda y alcanza finalmente al público.

Esta imagen puede parecer una exaltación del genio poético. Sin embargo, contiene una dificultad decisiva. Si el poeta habla por inspiración divina y no por conocimiento, puede producir versos admirables sin comprender verdaderamente aquello de lo que habla. Homero puede describir una batalla, una enfermedad, un viaje marítimo o una decisión política, pero de ello no se desprende que posea los conocimientos propios del estratega, el médico, el navegante o el gobernante. La fuerza de la poesía queda reconocida, pero su pretensión de saber es sometida a examen.

Lledó reconstruye esta tensión sin reducirla a una condena unilateral. La poesía posee una capacidad creadora que la filosofía no puede ignorar. Hace presente lo ausente, reconstruye acciones, organiza la memoria de una comunidad y ofrece modelos mediante los cuales los seres humanos interpretan su existencia. Pero precisamente porque interviene en la formación de la sensibilidad y del carácter, la poesía se convierte en un asunto político.

Aquí aparece una de las líneas más fecundas del libro: la relación entre poíesis y polis. En Grecia, la palabra poética no se encuentra confinada al espacio privado. Es recitada en celebraciones, teatros, ceremonias y festividades colectivas. La épica conserva la memoria de los héroes; la tragedia presenta ante la ciudad conflictos entre ley, familia, poder, responsabilidad y destino; la comedia expone a figuras públicas al juicio de los espectadores. La creación poética participa en la elaboración de la conciencia común.

La preocupación política de Platón por la poesía se explica desde este poder formativo. En la República, la imitación no es considerada una actividad inocente. Quien representa repetidamente determinados caracteres, emociones o conductas puede terminar incorporándolos. La cuestión no es solo qué afirma un poema, sino qué tipo de persona contribuye a formar. La poesía, la educación y la organización de la ciudad aparecen enlazadas. Platón distingue diferentes formas de narración e imitación y examina cuáles serían compatibles con la formación de quienes deben cuidar la libertad y el orden de la polis.

La crítica alcanza su expresión más severa en el libro X de la República, donde la obra imitativa aparece alejada del conocimiento de aquello que representa. Sin embargo, incluso allí Platón reconoce la magnitud cultural de Homero y la antigua disputa entre poesía y filosofía. La dureza de su juicio revela precisamente la fuerza del adversario: la poesía debe ser examinada porque ha formado durante generaciones la percepción moral y política de los griegos.

Uno de los momentos filosóficamente más ricos del problema aparece en el Banquete. Allí se recupera el sentido amplio de poíesis: toda causa por la cual algo pasa del no ser al ser puede ser considerada creación. Bajo esta definición, todas las artes productivas serían formas de poíesis y todos sus realizadores podrían recibir, en sentido general, el nombre de creadores. Sin embargo, el uso habitual reservó esa denominación a quienes componían mediante la música y el metro. La palabra que inicialmente designaba el hacer en su amplitud terminó concentrándose en una de sus manifestaciones particulares. Esa evolución semántica constituye uno de los núcleos de la investigación de Lledó y ya fue señalada por las primeras reseñas académicas del libro.

La importancia de esta observación no se agota en la historia de una palabra. En ella se descubre una concepción de la creación que no parte de la nada absoluta. El poeta trabaja con materiales que lo preceden: una lengua, una tradición, unos ritmos, unas imágenes, unos conflictos y una memoria compartida. Crear significa reorganizar esos materiales y hacer aparecer una forma nueva. La obra no surge fuera de la historia, sino dentro de ella.

Esto permite apartarse de la representación moderna del creador como individuo completamente aislado, cuya obra sería expresión pura de una interioridad inaccesible. Para los griegos estudiados por Lledó, la creación está relacionada con prácticas, técnicas, saberes, instituciones y formas públicas de recepción. Incluso la inspiración del poeta solo puede llegar a los otros porque se encarna en palabras inteligibles, ritmos reconocibles y narraciones heredadas.

La pregunta por la relación entre téchnē y poíesis atraviesa, por tanto, todo el libro. ¿Es posible crear sin conocimiento? ¿Puede existir una técnica de la poesía? ¿Es el poeta responsable de aquello que produce si su palabra procede de una fuerza que lo posee? ¿Qué diferencia al creador del imitador? ¿Qué tipo de verdad puede contener una obra que no demuestra sus afirmaciones como lo hace un razonamiento filosófico?

Lledó no pretende resolver estas preguntas mediante una definición única. Su método consiste en mostrar cómo los propios textos griegos modificaron el campo del problema. Entre Heráclito, los sofistas y Platón, la palabra creadora cambia de posición. Primero se enfrenta a las formas tradicionales de autoridad; después se convierte en objeto de enseñanza y racionalización; finalmente es incorporada a una reflexión filosófica sobre el conocimiento, la imitación, la educación y la ciudad.

Esta atención a la historicidad del lenguaje constituye el mayor mérito de la obra. Lledó impide que términos como logos, mímesis, téchnē o poíesis sean tratados como conceptos transparentes y eternos. Cada uno posee estratos de significación que proceden de usos diferentes. Traducir poíesis simplemente como “poesía” puede ocultar la amplitud originaria del hacer; traducirla únicamente como “producción” puede borrar la especialización literaria que adquirió posteriormente. Comprender un concepto exige reconstruir el movimiento mediante el cual llegó a significar lo que significa.

El libro presenta, naturalmente, ciertas dificultades. Su origen académico se percibe en la minuciosidad filológica, en la abundancia de pasajes griegos y en la concentración del análisis. No es una introducción ligera a la estética antigua. El lector que desconozca por completo los diálogos platónicos puede sentirse desorientado ante determinadas distinciones. Tampoco debe buscar aquí una historia completa de la literatura griega: Homero, la tragedia o Aristóteles aparecen subordinados a un problema semántico y filosófico específico.

Sin embargo, estas limitaciones son inseparables de su precisión. Lledó no utiliza las palabras griegas como adornos eruditos. Las examina porque en sus variaciones se decide la posibilidad misma de interpretar los textos. Su filología no es una acumulación de observaciones gramaticales, sino una investigación acerca de la experiencia humana sedimentada en el lenguaje.

A más de seis décadas de su publicación inicial, El concepto «poíesis» en la filosofía griega conserva una notable actualidad. En una época saturada de mensajes, imágenes y relatos, la pregunta por lo que las palabras producen resulta tan importante como la pregunta por aquello que describen. Un discurso puede construir prestigios, instalar temores, fabricar enemigos, conservar memorias o abrir horizontes de comprensión. La palabra nunca es únicamente un espejo de lo existente: interviene en la realidad compartida.

Esa es, en último término, la lección que puede extraerse de la obra. La creación no pertenece exclusivamente al poeta. Cada sociedad se crea también mediante los relatos que acepta, las palabras que privilegia, las memorias que conserva y los discursos con los que educa a sus ciudadanos. La poíesis es producción de formas, pero también producción de mundo.

Emilio Lledó escribió un libro sobre una palabra griega y terminó revelando una cuestión central de toda filosofía de la cultura: los seres humanos no habitan solamente un espacio físico. Habitan también una trama lingüística construida por generaciones. Pensar consiste, en buena medida, en reconocer esa trama, interrogarla y evitar que sus palabras se conviertan en fórmulas vacías.

Allí donde la palabra mantiene su capacidad de hacer visible, de comunicar la experiencia y de abrir un espacio común, la antigua poíesis continúa actuando.

Valoración de Editorial Argos

El concepto «poíesis» en la filosofía griega es una obra de excepcional importancia para comprender la relación entre lenguaje, poesía y filosofía en el mundo antiguo. Su principal aportación consiste en mostrar que los conceptos no nacen completamente formados, sino que se construyen a través de la historia de sus usos. Lledó convierte el examen de una palabra en una investigación sobre la creación, el conocimiento y la educación política. Es un libro exigente, de inequívoco carácter filológico, pero también una de las demostraciones más tempranas y rigurosas del humanismo filosófico que distinguirá toda la producción posterior de su autor.

Referencia bibliográfica

Lledó, E. (2015). El concepto poíesis en la filosofía griega: Heráclito–Sofistas–Platón. Academia Mexicana de la Lengua. Obra originalmente publicada en 1961.