Grecia como pregunta universal: Jacqueline de Romilly y la permanencia de los clásicos
Jacqueline de Romilly, ¿Por qué Grecia?. Madrid: Debate, 1997. Obra publicada originalmente en francés por Éditions de Fallois en 1992.
Por Redacción Editorial Argos
7/25/202624 min read


¿Por qué Grecia?
La pregunta parece demasiado amplia. Puede referirse al nacimiento de la filosofía, a la aparición de la democracia, a la invención de la tragedia, a la escritura de la historia política o a la extraordinaria permanencia de Homero, Sófocles, Tucídides y Platón. También puede esconder otra pregunta más difícil: ¿por qué continuamos leyendo unas obras producidas hace aproximadamente veinticinco siglos en comunidades profundamente diferentes de las nuestras?
Jacqueline de Romilly no responde mediante una teoría del genio racial, una exaltación nacionalista ni la repetición del llamado “milagro griego”. Su libro busca algo más preciso. Intenta descubrir qué rasgos de la literatura y del pensamiento griegos permitieron que experiencias particulares —una guerra frente a Troya, una disputa entre reyes, la condena de una mujer tebana o el diálogo entre un maestro y un joven ateniense— adquirieran una significación capaz de atravesar épocas y fronteras.
La respuesta de Romilly puede resumirse en una palabra: universalidad.
Pero la universalidad no aparece en su obra como una doctrina abstracta según la cual los griegos habrían descubierto de una vez la esencia eterna de la humanidad. Surge de una operación literaria e intelectual: partir de situaciones concretas y elevarlas hacia problemas reconocibles por otros seres humanos. Homero narra la cólera de un guerrero específico, pero en ella permite contemplar el orgullo, la pérdida y la reconciliación. Sófocles representa el enfrentamiento entre Antígona y Creonte, pero convierte ese conflicto en una interrogación sobre la ley, la familia, el poder y la conciencia. Tucídides relata una guerra entre ciudades griegas, pero examina mecanismos políticos que reaparecen allí donde existen miedo, ambición e intereses colectivos.
Pourquoi la Grèce? apareció en París en 1992, publicado por Éditions de Fallois, en un volumen de unas trescientas páginas. La traducción española fue editada por Debate en Madrid en 1997. El libro recorre la poesía homérica y lírica, la democracia ateniense, la historiografía, la tragedia, la retórica, la filosofía y otros ámbitos donde Romilly reconoce una aspiración constante a comprender lo humano mediante formas concretas, claras y discutibles.
No se trata de una historia completa de Grecia. Tampoco es un manual cronológico dedicado a explicar instituciones, guerras y fechas. Romilly selecciona textos, escenas y problemas. Su método no consiste en describirlo todo, sino en mostrar mediante ejemplos cómo la cultura griega transformó acontecimientos particulares en instrumentos de reflexión.
El libro concentra muchas de las preocupaciones que atravesaron la trayectoria de su autora. Jacqueline de Romilly fue especialista en Tucídides, en la tragedia y en la formación de las ideas morales y políticas griegas. En 1973 se convirtió en la primera mujer nombrada profesora titular de una cátedra estatal en el Collège de France, donde ocupó hasta 1984 la cátedra titulada precisamente “Grecia y la formación del pensamiento moral y político”. Fue también la primera mujer elegida para la Académie des inscriptions et belles-lettres y, posteriormente, ingresó en la Académie française.
¿Por qué Grecia? puede leerse como una síntesis de esa vida académica. No ofrece una acumulación de conclusiones especializadas, sino la respuesta madura de una lectora que había pasado décadas acompañando a Homero, Esquilo, Eurípides, Tucídides y Platón.
Su tono es afirmativo, a veces apasionado, pero nunca completamente ingenuo. Romilly conoce las guerras, la esclavitud, las exclusiones políticas y la violencia de las ciudades griegas. Su defensa de Grecia no consiste en presentar una civilización moralmente perfecta. Consiste en afirmar que, dentro de esas sociedades imperfectas, aparecieron formas de literatura y pensamiento capaces de convertir la propia experiencia en objeto de examen.
Grecia importa no porque haya realizado definitivamente la justicia.
Importa porque convirtió la justicia en pregunta.
Homero y el descubrimiento de la humanidad concreta
La investigación comienza con Homero. No porque la Ilíada y la Odisea sean los primeros textos griegos en un sentido absoluto, sino porque ocupan el inicio de una tradición literaria que continuó formando a los griegos durante siglos.
Romilly encuentra en Homero una primera forma de universalidad. El poeta no construye todavía tratados psicológicos ni teorías abstractas sobre las pasiones. Presenta acciones, gestos, palabras y situaciones. Su comprensión del ser humano es concreta.
Aquiles no aparece definido mediante una explicación general del orgullo. Lo vemos retirarse del combate después de sentirse humillado por Agamenón. Lo vemos lamentar la muerte de Patroclo, desear venganza y, finalmente, devolver a Príamo el cuerpo de Héctor. Su humanidad se manifiesta en la sucesión de actos que revelan cólera, dolor, crueldad y compasión.
La escena entre Aquiles y Príamo constituye uno de los momentos culminantes de esa humanidad homérica. El anciano rey de Troya entra en el campamento enemigo para solicitar el cadáver de su hijo. Besa las manos de quien lo mató y le pide que recuerde a su propio padre. Por un instante, la división entre aqueos y troyanos queda subordinada a una experiencia común: ambos hombres aman, pierden y están destinados a morir.
La grandeza de la escena no depende de una declaración teórica sobre la dignidad humana. Homero no detiene el poema para formular un principio universal. Construye una situación donde el enemigo deja de ser una figura abstracta y reaparece como padre, hijo y mortal.
Romilly considera que esta capacidad para iluminar la experiencia humana está presente desde el comienzo de la literatura griega. Los personajes poseen una identidad histórica y mítica precisa, pero sus emociones son presentadas con una sencillez y una intensidad que permiten al lector reconocerlas más allá de las circunstancias particulares. La reseña académica publicada tras la aparición del libro destacó justamente esa tesis: desde Homero, la poesía griega dirige la mirada hacia seres humanos enfrentados con los dioses, el sufrimiento y la muerte.
Esto no significa que los héroes homéricos sean individuos modernos. Su sentido del honor, su relación con los dioses y su dependencia de la mirada pública pertenecen a un mundo aristocrático. Aquiles no puede traducirse sin más a nuestras categorías psicológicas.
La universalidad no exige identidad.
Exige una forma capaz de comunicar la diferencia.
El lector reconoce el dolor de Aquiles sin compartir su código guerrero. Comprende la solicitud de Príamo sin habitar una monarquía heroica. La obra conserva la distancia histórica y, al mismo tiempo, produce cercanía.
Este equilibrio es uno de los secretos de los clásicos.
Un texto completamente encerrado en sus circunstancias sería documento, pero difícilmente continuaría interpelando a lectores lejanos. Un texto completamente separado de toda particularidad se convertiría en abstracción. Homero mantiene ambos niveles: Troya es Troya, pero el duelo de sus personajes no pertenece únicamente a Troya.
La claridad de las imágenes
Romilly concede especial importancia a la imagen concreta. La literatura griega no alcanza lo universal eliminando los detalles, sino seleccionando aquellos capaces de concentrar una experiencia.
Un gesto, una súplica, una decisión o una comparación pueden contener más pensamiento que una larga explicación.
La poesía homérica utiliza imágenes tomadas de la naturaleza, el trabajo y la vida cotidiana. Un guerrero puede caer como un árbol abatido; un ejército avanzar como una ola; el dolor extenderse como una oscuridad. Estas comparaciones no adornan una acción ya comprendida. Le ofrecen al lector una forma sensible.
La imagen vuelve visible una relación.
La abstracción filosófica llegará después, pero no anulará este saber literario. La tragedia, la historia y los diálogos platónicos continuarán utilizando escenas concretas para pensar problemas generales.
Romilly no opone literatura y pensamiento. Encuentra pensamiento dentro de la literatura.
Esta posición resulta especialmente importante porque permite escapar de una jerarquía empobrecedora. Homero no es un narrador primitivo que debe ser superado por Platón. La poesía posee una manera propia de comprender. No demuestra mediante conceptos, pero organiza experiencias y revela tensiones que una fórmula podría simplificar.
La muerte de Héctor no es una tesis sobre la fragilidad humana.
Es la fragilidad humana hecha acontecimiento.
De los héroes al ciudadano
La literatura griega no permaneció inmóvil. Entre el mundo homérico y la Atenas del siglo V se produjeron transformaciones políticas y sociales profundas. La polis introdujo nuevas formas de participación, deliberación y conflicto.
El héroe aristocrático actuaba ante sus compañeros y buscaba honor personal. El ciudadano debía relacionar su conducta con leyes, instituciones y decisiones colectivas. La palabra adquirió una función política nueva.
En la asamblea y en los tribunales, los argumentos debían presentarse ante otros. Las decisiones comunes ya no podían depender exclusivamente de la autoridad de un rey o de una tradición familiar. Debían ser discutidas, defendidas y, en ocasiones, modificadas.
Romilly encuentra en esta experiencia el origen de una nueva pasión griega: el gusto por el debate.
La cultura ateniense del siglo V no se limitó a producir opiniones políticas. Convirtió la política en objeto de reflexión. Los griegos discutieron qué era la ley, cómo debía distribuirse el poder, cuáles eran los peligros de la tiranía, qué relación existía entre libertad e igualdad y cómo podía una ciudad evitar su propia destrucción.
La democracia ateniense fue limitada. Excluyó a las mujeres, a los esclavos y a los extranjeros residentes. No debe confundirse con una realización universal de la ciudadanía. Pero introdujo prácticas donde una parte de la comunidad se reconocía autorizada para deliberar sobre los asuntos comunes.
La importancia histórica no elimina la contradicción.
La vuelve más visible.
Una sociedad podía hablar de libertad mientras negaba libertad a muchos de sus habitantes. Esa tensión no invalida las ideas que produjo, pero impide convertirlas en motivo de veneración sin crítica.
Romilly admira el impulso democrático, aunque no desconoce sus riesgos. La palabra pública puede servir a la deliberación, pero también a la demagogia. El ciudadano puede buscar el bien común o utilizar la asamblea para alimentar resentimientos. La mayoría puede corregir privilegios o condenar injustamente a un individuo.
La democracia griega no interesa porque haya sido perfecta.
Interesa porque permitió observar, desde muy temprano, los problemas internos de todo gobierno participativo.
La invención de la reflexión política
Antes de Grecia existieron imperios, leyes, administraciones y conflictos de poder. Los griegos no inventaron la vida política. Su contribución consistió en transformar esa experiencia en problema analizable.
Heródoto y Tucídides no se limitan a registrar acontecimientos. Comparan regímenes, examinan decisiones, reconstruyen discursos y buscan relaciones entre ambición, temor, justicia e interés.
En Heródoto, distintos pueblos aparecen con costumbres propias. La diversidad obliga a reconocer que aquello considerado natural en una sociedad puede resultar extraño en otra. El viaje y la investigación amplían el horizonte moral.
Tucídides lleva la reflexión política hacia una severidad distinta. Su Historia de la guerra del Peloponeso analiza cómo una comunidad democrática puede actuar imperialmente, cómo el miedo altera los cálculos, cómo la guerra degrada el lenguaje y cómo las decisiones colectivas pueden ser dominadas por la ambición.
Romilly dedicó buena parte de su carrera a estudiar a Tucídides. Su atención no se dirige solamente a la precisión histórica del autor, sino a la manera en que construye una inteligibilidad política. Los acontecimientos no aparecen como sucesión accidental. Son organizados para mostrar mecanismos.
El diálogo de los melios, la peste de Atenas, la expedición a Sicilia y los discursos de Pericles no son episodios aislados. Cada uno permite examinar la relación entre poder, necesidad, esperanza y responsabilidad.
La historia se convierte así en una forma de conocimiento humano.
Tucídides no cree que los acontecimientos se repitan de manera idéntica. Sostiene, sin embargo, que mientras la naturaleza humana conserve ciertas disposiciones, situaciones semejantes pueden producir dinámicas reconocibles.
Esta pretensión explica su permanencia.
Una guerra entre Atenas y Esparta puede ayudar a pensar otros conflictos no porque todas las guerras sean iguales, sino porque el miedo, la ambición y la inseguridad continúan interviniendo en las decisiones colectivas.
La universalidad historiográfica no borra las diferencias.
Busca estructuras dentro de ellas.
La tragedia y los conflictos sin solución perfecta
La tragedia ocupa uno de los lugares centrales de ¿Por qué Grecia?. Para Romilly, el teatro ateniense llevó a su máxima expresión la capacidad griega para transformar historias particulares en interrogaciones universales.
Los argumentos procedían, en muchos casos, de mitos conocidos. El público sabía quién era Edipo, qué había ocurrido con Agamenón o por qué la familia de los Atridas estaba marcada por la violencia. La novedad no residía necesariamente en descubrir el desenlace.
Residía en la interpretación.
Cada poeta tomaba una historia heredada y reorganizaba sus conflictos. Esquilo, Sófocles y Eurípides podían representar a los mismos personajes de manera diferente porque el mito no era una doctrina cerrada. Funcionaba como un lenguaje común susceptible de revisión.
Antígona debe decidir si obedece la prohibición de Creonte o cumple el deber funerario hacia su hermano. Creonte debe defender la autoridad de la ciudad después de una guerra civil. Ninguno de los dos representa una posición completamente absurda.
La tragedia nace cuando dos exigencias legítimas se vuelven incompatibles.
Reducir la obra a la oposición entre una heroína justa y un tirano malvado empobrece su dificultad. Creonte se vuelve culpable cuando absolutiza su función política y deja de escuchar. Antígona conserva grandeza, pero su lenguaje también posee dureza y una voluntad de no ceder.
El espectador no recibe una regla que elimine el conflicto.
Aprende a contemplar sus consecuencias.
Esta es una forma profunda de educación política. Las sociedades necesitan normas, pero ninguna norma prevé todos los casos. La obediencia puede preservar el orden y, en determinadas situaciones, convertirse en injusticia. La conciencia individual puede resistir al poder y también encerrarse en su propia certeza.
La tragedia enseña que la acción humana ocurre bajo condiciones incompletas.
No siempre sabemos suficiente.
No controlamos todas las consecuencias.
No podemos conservar todos los bienes al mismo tiempo.
Romilly encuentra en esta conciencia trágica una de las razones de la universalidad griega. Las obras no envejecen porque no resuelven demasiado pronto los problemas que plantean.
Edipo es culpable y no culpable. Ha realizado los actos anunciados por el oráculo, pero desconocía la identidad de sus víctimas. Su investigación es admirable y destructiva. Desea conocer la verdad y descubre que esa verdad lo aniquila.
La tragedia no condena el conocimiento.
Muestra su precio.
Eurípides, por su parte, introduce una sensibilidad particularmente moderna para las contradicciones psicológicas, las víctimas de la guerra y las voces desplazadas por los relatos heroicos. Sus mujeres, extranjeros y vencidos exponen el sufrimiento que los discursos de gloria suelen ocultar.
En Las troyanas, la victoria griega aparece contemplada desde las mujeres convertidas en esclavas. La guerra heroica pierde su brillo cuando se observa desde quienes deben pagarla.
La literatura amplía el juicio porque cambia el lugar de la mirada.
El mito transformado en pensamiento
Romilly no interpreta el tránsito hacia la razón como eliminación completa del mito. La tragedia demuestra precisamente lo contrario. En el momento de mayor desarrollo del debate político y filosófico, Atenas continuó representando historias de dioses, héroes y maldiciones familiares.
El mito no desapareció.
Cambió de función.
En una tradición religiosa, el relato puede explicar el origen de una institución o legitimar un orden. En el teatro, ese mismo relato es expuesto ante ciudadanos y sometido a variaciones. El mito deja de ser únicamente una narración recibida y se convierte en material de discusión.
Prometeo puede aparecer como benefactor de la humanidad y enemigo del poder divino. Orestes puede ser vengador, matricida y acusado. Helena puede ser culpable de la guerra o víctima de versiones construidas por otros.
La pluralidad de obras destruye la posibilidad de una interpretación única.
El mito se vuelve pensamiento cuando admite contradicción.
Esta capacidad permite entender por qué la literatura griega no depende enteramente de que el lector crea literalmente en Zeus, Apolo o las Erinias. Los dioses pertenecen al mundo de la obra, pero los conflictos que organizan pueden ser reinterpretados incluso por quienes no comparten la religión antigua.
Una tragedia no necesita conservar su teología original para mantener su fuerza.
Necesita conservar la estructura del problema.
La palabra enfrentada a otra palabra
El siglo V ateniense produjo una cultura extraordinariamente discursiva. La tragedia representa conflictos mediante discursos; la historiografía reconstruye debates; los tribunales dependen de alegatos; la asamblea funciona mediante intervenciones públicas; los sofistas enseñan argumentación; Sócrates convierte la conversación en examen.
Romilly observa en esta presencia de la palabra una disposición específicamente analítica. Los griegos no solo hablan. Oponen palabras.
Una afirmación encuentra una réplica. Una ley es comparada con otra. Una interpretación debe defenderse ante una alternativa.
La verdad comienza a buscarse dentro del conflicto de discursos.
Esto no significa que el mejor argumento siempre triunfe. La retórica puede manipular, el poder puede intimidar y la multitud puede dejarse arrastrar. Los propios griegos fueron profundamente conscientes de esos peligros.
Gorgias mostró la capacidad de la palabra para producir emociones y cambiar convicciones. Aristófanes ridiculizó a quienes hacían del discurso una técnica para vencer. Platón distinguió entre persuasión y conocimiento. Aristóteles intentó estudiar sistemáticamente las formas legítimas y engañosas de argumentación.
La cultura del debate produjo simultáneamente confianza y desconfianza respecto del lenguaje.
Esa tensión continúa siendo nuestra.
Necesitamos palabras para construir decisiones comunes, pero las palabras pueden falsificar la realidad. Necesitamos persuasión política, pero no toda persuasión respeta la libertad de quien escucha. Necesitamos especialistas, pero su autoridad puede convertirse en dominio.
Los griegos no resolvieron estas dificultades.
Les dieron una forma durable.
Sócrates y la exigencia de examinar
La figura de Sócrates representa un momento culminante en el itinerario de Romilly. Con él, el debate abandona parcialmente los grandes escenarios y entra en la vida cotidiana.
Sócrates pregunta qué es la justicia, la valentía, la moderación o la amistad. Sus interlocutores creen conocer el significado porque utilizan esas palabras con frecuencia. El diálogo revela que el uso habitual puede ocultar contradicciones.
La filosofía comienza cuando una palabra deja de parecer evidente.
Sócrates no enseña mediante una lección cerrada. Interroga, compara, solicita ejemplos y examina consecuencias. La verdad no se transmite como una posesión de maestro a discípulo. Debe ser producida mediante una actividad compartida.
Esta práctica posee una dimensión moral. Reconocer la propia ignorancia no es humillarse ante una autoridad. Es liberarse de la falsa seguridad que impide aprender.
El individuo dogmático considera innecesario examinar sus opiniones.
El filósofo descubre que ninguna vida se vuelve justa únicamente porque se llame justa.
Romilly encuentra en Sócrates una forma extrema de confianza en la razón. Pero se trata de una razón inseparable de la conducta. Sócrates no busca solo definir el bien; sostiene que una existencia no examinada carece de una dimensión esencial.
La ciudad que hizo posible sus conversaciones terminó condenándolo. Esta contradicción revela los límites de la democracia ateniense y, al mismo tiempo, la grandeza de una tradición capaz de conservar la memoria de su propia injusticia.
Platón escribió los diálogos que impidieron que la voz de Sócrates desapareciera.
La crítica de Atenas se convirtió en parte de la herencia de Atenas.
Platón y la forma dialogada
Platón transforma la conversación socrática en una obra literaria y filosófica de enorme complejidad. Romilly admira especialmente la capacidad de los diálogos para unir ideas y personajes.
Una doctrina aparece dentro de una escena. No se habla de la justicia en un vacío, sino durante una reunión concreta, ante interlocutores con deseos, edades y posiciones políticas diferentes. El argumento posee una situación humana.
Esta forma impide separar completamente filosofía y literatura.
Sócrates no dice lo mismo ni de la misma manera ante Calicles, Glaucón o Fedro. El pensamiento debe adaptarse a la disposición del interlocutor. La filosofía no es únicamente una serie de proposiciones verdaderas. Es también el arte de conducir a alguien hacia la posibilidad de comprenderlas.
Los mitos platónicos cumplen una función semejante. Cuando el razonamiento alcanza ciertos límites, Platón no abandona la filosofía para regresar irracionalmente a la narración. Utiliza una imagen capaz de orientar la inteligencia hacia un problema que no puede cerrarse mediante una demostración sencilla.
La caverna, el carro alado o el relato de Er no son sustitutos infantiles del concepto. Son dispositivos de pensamiento.
Romilly reconoce en Platón la culminación de una tendencia griega hacia lo universal. La conversación particular se eleva hacia preguntas sobre la verdad, el bien, el conocimiento y la ciudad.
Sin embargo, Platón nunca elimina por completo la particularidad.
Sus ideas nacen entre personas que comen, caminan, recuerdan, desean y se interrumpen.
La búsqueda de lo universal
La universalidad es la tesis central de ¿Por qué Grecia?, pero necesita ser cuidadosamente delimitada.
Romilly no afirma que todo texto griego sea universal ni que ninguna otra civilización haya producido obras capaces de trascender sus circunstancias. Su pregunta se dirige a la extraordinaria continuidad de una tradición específica y a los procedimientos que hicieron posible esa continuidad.
Uno de ellos es la simplificación significativa.
Los autores griegos tienden, según su lectura, a separar líneas fundamentales del conflicto, evitar una acumulación excesiva de detalles y organizar la obra alrededor de acciones claras. Esa economía permite que una situación alcance valor simbólico.
Antígona no es un estudio sociológico completo sobre Tebas. Precisamente por esa concentración, su decisión puede reaparecer en contextos políticos muy diferentes.
Otro procedimiento es la explicitación de ideas.
Los personajes griegos argumentan. No se limitan a actuar: explican por qué actúan, responden a objeciones y formulan principios. El lector puede así identificar las tensiones intelectuales contenidas en la situación.
Un tercer procedimiento es el contraste.
Griego y bárbaro, libertad y tiranía, ley y naturaleza, razón y pasión, individuo y ciudad aparecen como oposiciones que organizan el pensamiento. Estas parejas pueden simplificar realidades complejas, pero permiten volver visible un problema.
Finalmente, existe una confianza en la inteligibilidad.
Incluso cuando la tragedia muestra sufrimiento y contradicción, intenta darles una forma. El caos de la experiencia es llevado al escenario, organizado mediante lenguaje y ofrecido al juicio de una comunidad.
Comprender no significa justificar.
Significa resistirse a que el acontecimiento permanezca completamente mudo.
El riesgo del “milagro griego”
La defensa de Romilly posee una fuerza indudable, pero también debe ser examinada críticamente.
El primer riesgo consiste en transformar la universalidad en excepcionalismo. Si se afirma que Grecia descubrió lo humano de una manera única, otras tradiciones pueden quedar reducidas a antecedentes, influencias o formas incompletas.
La filosofía, la literatura y la reflexión política no fueron monopolios griegos. Egipto, Mesopotamia, India, China y otras culturas elaboraron conceptos, relatos e instituciones de enorme complejidad. Grecia recibió además conocimientos, técnicas y motivos de los pueblos con los que mantuvo relaciones comerciales, militares y culturales.
La originalidad no exige aislamiento.
Una civilización puede crear precisamente porque transforma materiales recibidos.
Romilly conoce esas relaciones, pero su propósito celebratorio concede menor espacio a ellas. El libro está construido para responder por qué Grecia permanece, no para elaborar una historia comparada de las culturas antiguas.
Esa delimitación es legítima.
Se vuelve problemática cuando se interpreta como superioridad absoluta.
Un segundo riesgo reside en la categoría de universalidad. Lo que una tradición europea consideró universal pudo ser, en parte, aquello que sus propias instituciones seleccionaron, tradujeron y enseñaron durante siglos. La permanencia de los griegos no depende únicamente de cualidades internas de sus obras. También depende de decisiones históricas.
Imperios, escuelas, iglesias, universidades, filólogos, traductores y editores conservaron determinados textos y dejaron desaparecer otros.
Una obra llega a ser universal porque puede hablar a muchos lectores.
También porque existen estructuras que continúan poniéndola en sus manos.
Romilly concentra su atención en la potencia de los textos. Una crítica contemporánea debe añadir la historia material de su transmisión.
La Grecia que falta
El libro se centra principalmente en la literatura arcaica y clásica, con especial atención a la Atenas del siglo V. Esa elección produce una imagen poderosa, pero parcial.
Grecia fue también Esparta, Corinto, Mileto, Siracusa y las ciudades helenísticas. Fue el mundo de las mujeres que no participaban directamente en la asamblea, de los esclavos que sostenían gran parte de la economía, de los artesanos, campesinos y extranjeros cuyas voces no siempre llegaron a los textos conservados.
La “Grecia” que habla en el canon es, en gran medida, la Grecia de ciertos hombres educados pertenecientes a sectores libres.
Sus obras pueden alcanzar una significación más amplia que sus condiciones de producción.
Pero esas condiciones no deben olvidarse.
Antígona ofrece una voz femenina extraordinaria, aunque haya sido escrita por un hombre para una institución teatral organizada dentro de una ciudadanía masculina. Las troyanas expresan el dolor de las vencidas, pero ese dolor se representa ante una ciudad imperial. La democracia reflexiona sobre la libertad mientras depende de trabajo esclavo.
Estas contradicciones no anulan el legado.
Forman parte de él.
Leer críticamente a Grecia significa evitar tanto la condena sumaria como la admiración ciega. Una tradición viva puede ser recibida, cuestionada y ampliada.
La mejor fidelidad a los griegos quizás no consista en aceptar sus respuestas.
Consista en aplicar a Grecia la misma voluntad de examen que Grecia aplicó a sus propios mitos e instituciones.
La claridad y sus peligros
Romilly admira la claridad de los textos griegos. En su lectura, la prosa histórica, el diálogo filosófico y la tragedia tienden a separar las líneas principales de una situación y presentar argumentos reconocibles.
La claridad es una virtud intelectual porque permite discutir.
Una afirmación confusa puede protegerse contra toda objeción. Una afirmación clara se expone al desacuerdo.
Pero la claridad también puede simplificar. Las grandes oposiciones —griego y bárbaro, libertad y despotismo, razón y mito— pueden convertir diferencias graduales en fronteras absolutas.
El pensamiento griego produjo algunas de esas oposiciones y la tradición europea las utilizó posteriormente para definirse frente a otros pueblos.
La claridad necesita, por tanto, una segunda operación: la crítica de sus propias categorías.
No basta comprender la diferencia entre griego y bárbaro.
Hay que preguntar quién construye esa diferencia, qué diversidad oculta y qué relaciones de poder puede justificar.
Romilly privilegia la capacidad de los conceptos para alcanzar universalidad. Una lectura contemporánea debe conservar esa capacidad y examinar simultáneamente sus exclusiones.
Una defensa de las humanidades
¿Por qué Grecia? no es únicamente un libro sobre la Antigüedad. Es también una intervención en defensa de la educación humanística.
Romilly dedicó una parte importante de su actividad pública a advertir sobre el debilitamiento de la enseñanza de las lenguas clásicas y de la cultura literaria. Consideraba que el contacto directo con los textos griegos podía formar precisión lingüística, memoria histórica y capacidad de juicio. El Collège de France señala que, después de su retiro, participó activamente en iniciativas para preservar la enseñanza literaria y publicó numerosos trabajos sobre educación.
Esta defensa no debe confundirse con nostalgia por una escuela reservada a las élites. Las humanidades solo justifican plenamente su existencia cuando amplían el acceso al conocimiento y no cuando convierten la cultura clásica en contraseña de distinción social.
Leer griego antiguo puede ser una experiencia formativa extraordinaria.
No debe utilizarse para medir la dignidad intelectual de quien no tuvo oportunidad de aprenderlo.
El desafío consiste en democratizar los clásicos sin empobrecerlos.
La divulgación rigurosa de Romilly participa en ese proyecto. Su prosa permite que un lector no especializado entre en contacto con obras complejas, pero nunca presenta la facilidad como sustituto del estudio.
Acercar no significa banalizar.
La autora parte siempre de los textos, de escenas y expresiones concretas. Una reseña aparecida en la Revue des Études Grecques destacó que esta fidelidad textual protegía el libro contra las generalizaciones vagas y las simplificaciones excesivas.
Ese método constituye una lección editorial.
No basta afirmar que los clásicos son importantes.
Hay que mostrar dónde reside su importancia.
Contra la utilidad inmediata
La educación contemporánea tiende a justificar cada disciplina mediante su rendimiento inmediato. Se pregunta qué empleo garantiza, qué competencia produce y cómo puede medirse su resultado.
Los clásicos parecen vulnerables dentro de esa lógica. Leer a Homero no ofrece una certificación técnica inmediata. Analizar a Antígona no resuelve automáticamente una tarea administrativa. Estudiar griego exige tiempo y no siempre produce una recompensa económica visible.
Romilly responde indirectamente que la utilidad de estas obras pertenece a otro nivel.
Enseñan a distinguir argumentos.
Amplían el vocabulario de las emociones.
Muestran conflictos donde ningún interés puede imponerse sin pérdida.
Permiten observar cómo una democracia puede destruirse desde dentro.
Conservan experiencias humanas fuera del presente inmediato.
Estas capacidades no carecen de utilidad.
Carecen de una utilidad fácilmente reducible a cifras.
Una sociedad formada únicamente por especialistas eficientes puede seguir siendo incapaz de discutir sus fines. Puede saber cómo producir más y no saber qué merece ser producido. Puede acumular información y perder los criterios para juzgarla.
Las humanidades no reemplazan la ciencia ni la formación técnica.
Impiden que estas se conviertan en poderes sin interrogación.
Grecia no como origen puro, sino como conversación
Una lectura contemporánea puede reformular la pregunta de Romilly.
No necesitamos aceptar que Grecia sea un origen absoluto. Podemos verla como uno de los grandes lugares donde comenzó una conversación que después fue transformada por romanos, judíos, cristianos, musulmanes, humanistas, científicos, escritores y filósofos de innumerables procedencias.
Platón no llegó directamente hasta nosotros. Fue comentado, traducido y reinterpretado. Aristóteles atravesó lenguas y religiones. La tragedia fue reescrita dentro de monarquías, revoluciones, dictaduras y democracias modernas.
El legado griego no es una sustancia intacta.
Es una historia de apropiaciones.
Cada época ha construido su Grecia. El Renacimiento buscó determinados modelos; el clasicismo francés, otros; el romanticismo alemán, otros; los movimientos democráticos, feministas y anticoloniales han vuelto a los mismos textos para formular nuevas preguntas.
Antígona ha sido símbolo de resistencia política, deber religioso, conciencia individual y conflicto familiar. Medea ha sido leída como extranjera, mujer abandonada, asesina y figura de una voz excluida. Prometeo ha representado rebelión, técnica, progreso y peligro.
Los clásicos permanecen porque no pertenecen completamente a ninguna interpretación.
Su universalidad no consiste en transmitir un mensaje idéntico a todos.
Consiste en soportar nuevas lecturas sin quedar agotados.
Una autora enamorada y lúcida
La relación de Jacqueline de Romilly con Grecia está atravesada por la admiración. Ella no escribe desde la distancia emocional de quien considera la objetividad como ausencia de afecto.
Su amor por los textos es visible.
Esa cercanía constituye una fortaleza. Le permite reconocer matices que solo aparecen después de una convivencia prolongada con las obras. El especialista auténtico no es quien ha acumulado más datos, sino quien ha aprendido a percibir diferencias que una lectura rápida no distingue.
Pero el amor también puede idealizar.
Romilly tiende a subrayar el impulso hacia la claridad, la humanidad y la libertad. Otros estudiosos han insistido con mayor fuerza en la violencia, las exclusiones y las formas de dominación del mundo griego.
Ambas perspectivas son necesarias.
Una cultura no debe reducirse ni a sus conquistas ni a sus crímenes.
La pregunta crítica no es si Grecia fue buena o mala.
Es qué posibilidades produjo, para quiénes, bajo qué condiciones y con qué límites.
Romilly responde principalmente por las posibilidades.
Nos corresponde mantener abiertos los límites.
¿Por qué seguir leyendo?
La pregunta final no es únicamente por qué Grecia tuvo importancia.
Es por qué debería continuar teniéndola.
La respuesta no puede ser la obediencia a una tradición escolar. Ningún libro merece leerse solo porque generaciones anteriores lo colocaron en un canon.
Los clásicos deben demostrar nuevamente su capacidad ante cada lector.
Homero continúa siendo leído porque su guerra no se agota en la victoria. También muestra la destrucción, el duelo y la humanidad del enemigo.
La tragedia continúa representándose porque no ofrece soluciones morales cómodas. Coloca al espectador frente a decisiones donde toda certeza tiene consecuencias.
Tucídides continúa inquietando porque reconoce la facilidad con la que el lenguaje de la justicia puede ser utilizado por el poder.
Sócrates continúa incomodando porque pregunta qué significa realmente aquello que repetimos.
Platón continúa siendo discutido porque relaciona educación, verdad y política de una manera que nunca permite tratarlas como dominios completamente separados.
No leemos a los griegos para encontrar una respuesta única.
Los leemos porque enseñaron a convertir la experiencia en problema.
Esa es la grandeza que Romilly intenta defender.
El peligro de utilizar Grecia como autoridad
Toda admiración por los clásicos debe acompañarse de una advertencia.
La antigüedad de una idea no la vuelve verdadera. Platón puede equivocarse. Aristóteles puede convertir prejuicios sociales en afirmaciones sobre la naturaleza. Una institución ateniense puede ser injusta aunque haya contribuido al desarrollo de la democracia.
La tradición puede orientar.
No debe gobernar sin discusión.
Utilizar a los griegos como autoridad absoluta traiciona precisamente aquello que hizo valiosa parte de su cultura: la disposición a enfrentar argumentos.
La mejor lectura de Platón puede consistir en discutir con Platón. La mejor defensa de la democracia ateniense puede incluir el examen de quienes quedaron excluidos. La mejor recepción de la tragedia puede permitir que nuevas voces reescriban sus conflictos.
Los clásicos no son mandamientos.
Son interlocutores.
Esta diferencia protege tanto al pasado como al presente. Evita que usemos a Grecia para legitimar jerarquías modernas y evita que juzguemos toda obra antigua únicamente por no coincidir con nuestros valores.
El diálogo exige distancia y cercanía.
Romilly ofrece sobre todo cercanía.
La crítica debe añadir distancia.
La tarea de una editorial
Para Editorial Argos, ¿Por qué Grecia? posee un significado especial. Una editorial dedicada al pensamiento clásico no puede limitarse a repetir que Grecia es la cuna de Occidente. Esa frase, utilizada sin explicación, se ha vuelto casi vacía.
La tarea consiste en mostrar la pluralidad concreta de las obras.
Publicar a los clásicos significa devolverles contexto, dificultad y capacidad de discusión. Significa evitar que Aquiles sea únicamente el nombre de un héroe, que Antígona sea una consigna y que Sócrates se convierta en una colección de frases atribuidas sin rigor.
También significa ampliar la tradición.
Una editorial no conserva el pasado encerrándolo. Lo pone en contacto con nuevas preguntas, traducciones y experiencias. Cada generación debe decidir qué recibe, qué critica y qué vuelve a ofrecer.
La herencia no es posesión.
Es responsabilidad.
Romilly demuestra que una buena mediación puede ser apasionada y rigurosa. No necesita esconder la admiración, pero debe apoyarla en textos, escenas y argumentos.
Ese equilibrio constituye un modelo editorial.
Valoración de Editorial Argos
¿Por qué Grecia? es una síntesis luminosa de la obra de Jacqueline de Romilly y una de las defensas más accesibles y elegantes de la permanencia de la literatura griega.
Su principal aportación consiste en explicar la universalidad no como abstracción vacía, sino como capacidad para elevar experiencias particulares hacia problemas humanos duraderos. Homero parte de guerreros concretos y revela el dolor, la compasión y la mortalidad. La tragedia reorganiza antiguos mitos y los convierte en conflictos entre leyes, deberes y afectos. La historiografía analiza acontecimientos singulares y descubre mecanismos políticos. La filosofía transforma palabras ordinarias en preguntas sobre la verdad y la vida buena.
Romilly muestra además que el legado griego no se limita a un conjunto de respuestas. Incluye una forma de actividad: discutir, comparar, analizar y llevar las afirmaciones ante otros.
La obra posee límites que deben señalarse. Su defensa de Grecia puede acercarse al excepcionalismo; la categoría de universalidad necesita ser examinada desde la historia de la transmisión; y el énfasis en la Atenas clásica deja en segundo plano otras ciudades, períodos y grupos sociales. La libertad griega fue limitada, la democracia excluyente y la cultura escrita que admiramos dependió de estructuras desiguales.
Nada de ello vuelve irrelevante la pregunta de Romilly.
La vuelve más exigente.
¿Por qué Grecia? No porque los griegos hayan sido los únicos capaces de pensar. No porque hayan realizado una civilización perfecta. No porque todas sus ideas deban convertirse en modelos.
Grecia importa porque algunas de sus obras alcanzaron una forma donde el ser humano pudo contemplar sus acciones, discutir sus leyes, representar sus contradicciones y preguntar por las razones de su propia vida.
Esa forma no pertenece únicamente al pasado.
Reaparece cada vez que una sociedad decide no aceptar sus palabras como evidentes, no confundir el poder con la justicia y no reducir al adversario a una figura sin humanidad.
Jacqueline de Romilly escribió desde la convicción de que los textos griegos todavía podían educar la atención, la inteligencia y la libertad. Su entusiasmo puede ser discutido, pero no debe ser despreciado. En una época que confunde con frecuencia novedad y valor, su obra recuerda que algunas preguntas sobreviven porque ninguna generación consigue responderlas definitivamente.
Grecia permanece no como un monumento cerrado.
Permanece como una conversación.
Referencia bibliográfica
Romilly, J. de. (1997). ¿Por qué Grecia? Debate. Obra original publicada en francés en 1992.
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