El fuego que permanece: Ángel J. Cappelletti ante el enigma de Heráclito

Obra reseñada: Ángel J. Cappelletti, La filosofía de Heráclito de Éfeso. Caracas: Monte Ávila Editores, 1969.

Por Redacción Editorial Argos

7/1/202611 min read

De Heráclito no conservamos un libro completo, una exposición continua ni un sistema ordenado por capítulos. Conservamos fragmentos: sentencias breves, imágenes, paradojas y afirmaciones transmitidas por autores posteriores, muchas veces con intenciones polémicas y desde marcos filosóficos que no eran los del pensador de Éfeso. Esta circunstancia ha convertido su obra en uno de los territorios más disputados de la filosofía antigua. Cada interpretación debe enfrentarse no solo a lo que Heráclito pudo haber pensado, sino también a la larga sucesión de lecturas que, desde Platón y Aristóteles hasta Hegel, Nietzsche y Heidegger, han construido diferentes imágenes del filósofo.

La filosofía de Heráclito de Éfeso, de Ángel J. Cappelletti, pertenece a esa tradición interpretativa, pero ocupa dentro de ella una posición singular. Publicada por Monte Ávila Editores en Caracas en 1969, la obra no se limita a presentar los fragmentos ni a enumerar las doctrinas habitualmente atribuidas al efesio. Cappelletti intenta reconstruir la unidad profunda de un pensamiento que la tradición escolar ha dividido en fórmulas aisladas: el devenir, el fuego, la guerra, el logos, la armonía de los contrarios y la imagen del río. La investigación se inscribe, además, en la extensa labor americanista y venezolana de un filósofo argentino que desarrolló buena parte de su producción intelectual en Venezuela y que dedicó numerosos estudios a la filosofía griega, el helenismo y el pensamiento político.

La importancia de este libro comienza por el adversario contra el cual está escrito. La representación más extendida de Heráclito lo presenta como el filósofo del cambio absoluto. Según esa imagen, todo fluye, nada permanece y cualquier identidad termina disuelta en el movimiento incesante de las cosas. Heráclito sería, desde este punto de vista, el polo opuesto de Parménides: mientras el primero habría afirmado exclusivamente el devenir, el segundo habría defendido la inmovilidad absoluta del ser.

Cappelletti rechaza esa oposición simplificada. Heráclito no sería un pensador de la pura dispersión ni un defensor de una multiplicidad carente de principio. Su filosofía no declara que todo se deshace en una corriente irracional. El cambio heraclíteo posee orden, medida y estructura. Lo múltiple no existe como una acumulación de sustancias independientes, sino como manifestación dinámica de una unidad que se transforma sin desaparecer. El propio Cappelletti consideraba esta obra una de sus preferidas y defendía en ella que la interpretación popular del efesio como campeón del mero devenir desconocía la unidad subyacente al movimiento.

Este desplazamiento interpretativo modifica la lectura completa de Heráclito. El cambio ya no puede comprenderse como simple negación de la permanencia. Tampoco la unidad puede ser concebida como una sustancia inmóvil situada detrás del mundo. Unidad y devenir se implican mutuamente: es una misma realidad la que se diferencia, entra en oposición consigo misma y se manifiesta en formas múltiples. El mundo no se encuentra dividido entre una esencia eterna y unas apariencias cambiantes. La unidad existe en el movimiento y el movimiento es movimiento de una realidad común.

La conocida imagen del río permite comprender este problema. La tradición atribuyó a Heráclito la afirmación de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. La frase fue empleada para demostrar que ninguna cosa conserva su identidad, pues tanto el río como quien entra en él habrían cambiado al producirse un segundo encuentro. Sin embargo, el fragmento considerado más sólidamente heraclíteo afirma algo más preciso: sobre quienes entran en los mismos ríos fluyen aguas diferentes.

La diferencia es filosóficamente decisiva. Heráclito habla de los mismos ríos y, al mismo tiempo, de aguas siempre distintas. El río permanece siendo río precisamente porque sus aguas cambian. Si el agua dejara de fluir, ya no habría río. La identidad no se conserva a pesar del cambio, sino mediante el cambio. La estabilidad de la forma depende de la renovación de sus componentes. La investigación contemporánea también ha cuestionado la versión radical según la cual Heráclito habría negado toda permanencia; el fragmento del río puede leerse como una reflexión sobre realidades que permanecen gracias a la transformación constante de aquello que las constituye.

Cappelletti encuentra aquí la clave de un monismo dinámico. No se trata de afirmar una cosa única e inmóvil, como si detrás de la pluralidad existiera una sustancia sólida que permaneciera intacta. Lo uno heraclíteo no está fuera del cambio. Se hace múltiple, adopta formas contrarias y circula a través de transformaciones, pero continúa siendo el fondo común de esas diferencias.

Esta lectura permite comprender la función del fuego. Interpretado superficialmente, Heráclito habría continuado la búsqueda milesia de una materia primordial: Tales eligió el agua, Anaxímenes el aire y Heráclito el fuego. Bajo este esquema, su doctrina sería una física arcaica que habría cometido el error de identificar toda la realidad con uno de los elementos visibles.

Cappelletti se aparta de esta reducción. El fuego no debe entenderse únicamente como la llama empírica que consume madera o calienta los cuerpos. Representa una realidad que existe transformándose. El fuego vive porque consume, cambia de intensidad, convierte unas cosas en otras y solo conserva su forma mediante un intercambio continuo de materia. Es, por ello, una imagen privilegiada de la naturaleza concebida como actividad.

El fuego heraclíteo se enciende y se apaga según medidas. La expresión impide identificar el devenir con el caos. Hay variación, conflicto y transformación, pero también proporción. El cosmos no es una sucesión caprichosa de acontecimientos. Las transformaciones se producen dentro de un orden que no elimina las oposiciones, sino que las articula.

En la interpretación de Cappelletti, el fuego se encuentra estrechamente relacionado con el logos. No serían dos principios separados, uno material y otro espiritual, sino dimensiones de una misma realidad. El fuego expresa el dinamismo de la naturaleza; el logos, el orden inteligible que atraviesa ese dinamismo. El mundo cambia, pero no cambia de cualquier manera. Existe una estructura común que permite comprender la relación entre los procesos.

Esta identificación constituye uno de los puntos más ambiciosos de la obra. Cappelletti intenta evitar tanto un materialismo elemental como una interpretación idealista. Heráclito no estaría diciendo simplemente que todo está hecho de fuego, pero tampoco que el universo es gobernado desde fuera por una razón incorpórea. El orden no se impone a la naturaleza como una ley extranjera. Está presente en ella. La realidad es proceso y, al mismo tiempo, racionalidad interna del proceso.

El logos tampoco debe confundirse sin más con la palabra individual de Heráclito. En uno de los fragmentos fundamentales, el efesio pide que no se lo escuche a él, sino al logos, y que se reconozca que todas las cosas son una. La verdad no pertenece al filósofo como una propiedad privada. Heráclito no se presenta como inventor arbitrario de una doctrina, sino como quien intenta hacer audible un orden común que la mayoría de los seres humanos no reconoce.

Aquí aparece una dimensión epistemológica esencial. Los hombres viven como si cada uno poseyera una inteligencia particular, separada del mundo compartido. Escuchan palabras, contemplan acontecimientos y acumulan informaciones, pero no comprenden las relaciones que articulan aquello que experimentan. Heráclito critica la polymathía, la acumulación indiscriminada de conocimientos, porque saber muchas cosas no garantiza comprender su sentido. La erudición puede multiplicar datos sin alcanzar sabiduría.

Cappelletti, filólogo, historiador y autor de una obra extraordinariamente extensa, no podía ignorar la ironía de este problema. Su lectura de Heráclito demuestra que la erudición solo adquiere valor filosófico cuando permite reconstruir una unidad de sentido. No basta recopilar testimonios ni establecer variantes textuales. Es necesario descubrir las preguntas que conectan los fragmentos.

La unidad de los contrarios constituye otro núcleo decisivo. Heráclito afirma que el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo; que el mar es agua saludable para los peces y perjudicial para los hombres; que el día y la noche, el hambre y la saciedad, la guerra y la paz se encuentran vinculados. Estas expresiones fueron interpretadas algunas veces como violaciones primitivas del principio de no contradicción. Heráclito habría afirmado simultáneamente que una cosa es y no es lo mismo.

Cappelletti considera insuficiente esa lectura. Los contrarios no son idénticos en el sentido de que se vuelvan indistinguibles. Día y noche continúan siendo diferentes; salud y enfermedad no significan lo mismo; subir no equivale simplemente a bajar. Su unidad reside en que cada término solo puede comprenderse dentro de la relación que mantiene con el otro. La noche sucede al día, la saciedad responde al hambre y el movimiento ascendente puede constituir, desde otra perspectiva, un movimiento descendente. Los contrarios no son sustancias independientes, sino momentos correlativos de un mismo proceso.

La armonía no significa, por tanto, eliminación del conflicto. La tensión es la condición de la forma. Heráclito compara la unidad con la del arco y la lira: ambos funcionan porque fuerzas opuestas permanecen tensadas. Si la tensión desaparece, el instrumento deja de cumplir su función. La armonía heraclítea no es una paz inmóvil, sino un equilibrio activo.

Esta idea permite comprender la famosa afirmación según la cual la guerra es padre de todas las cosas. Leída literalmente y separada del resto de los fragmentos, puede interpretarse como una celebración de la violencia militar. Pero pólemos designa aquí algo más amplio: conflicto, oposición, confrontación de fuerzas. Sin diferencia no habría mundo; sin contraste no podrían aparecer formas determinadas. Una realidad completamente homogénea, sin tensiones ni distinciones, sería incapaz de producir la diversidad de la experiencia.

La discordia adquiere así una función cosmológica. No constituye un accidente lamentable que perturba un orden previamente existente. Participa en la constitución del orden. La justicia cósmica no consiste en suprimir las fuerzas enfrentadas, sino en preservar las medidas dentro de las cuales pueden alternarse y limitarse.

Cappelletti encuentra en esta concepción un pensamiento opuesto a los dualismos rígidos. La realidad no se divide entre dos principios absolutamente separados —materia y espíritu, ser y devenir, unidad y pluralidad—, sino que cada distinción debe ser reintegrada en una totalidad dinámica. Su propia inclinación filosófica hacia el monismo y el inmanentismo influyó profundamente en esta interpretación. Estudios posteriores sobre su pensamiento han destacado que Cappelletti no fue un historiador neutral que se limitara a exponer sistemas ajenos: desarrolló sus convicciones filosóficas a través de sus lecturas de Heráclito, los estoicos, las tradiciones orientales y otros autores.

Esta implicación personal no disminuye necesariamente el valor del libro. Toda interpretación filosófica selecciona problemas desde un horizonte determinado. La cuestión es si la lectura consigue iluminar los textos o si termina utilizándolos como pretexto. En Cappelletti ocurre principalmente lo primero. Su monismo le permite recuperar elementos de Heráclito que la imagen escolar del puro fluir había dejado en segundo plano: la medida, el orden, la unidad, la permanencia estructural y la racionalidad común.

Sin embargo, la misma fortaleza de la interpretación señala su límite. Al intentar reconstruir una filosofía unitaria, Cappelletti puede conferir a los fragmentos un grado de sistematicidad que quizá nunca poseyeron. No sabemos con seguridad cómo estaba organizada la obra de Heráclito, qué fragmentos pertenecían a un mismo desarrollo argumental ni hasta qué punto las citas conservadas reproducen exactamente el texto original. La diversidad de interpretaciones —materialista, cosmológica, religiosa, ética, lógica o mística— no depende únicamente de los prejuicios de los comentaristas, sino de la naturaleza fragmentaria de las fuentes. Heráclito continúa siendo uno de los autores antiguos más difíciles de encerrar en una doctrina única.

También puede discutirse si el fuego y el logos deben identificarse tan estrechamente como propone la reconstrucción monista. El fuego aparece en contextos cosmológicos, mientras que el logos puede designar discurso, razón, explicación, proporción o estructura. Considerarlos manifestaciones de un solo principio ofrece coherencia, pero puede borrar diferencias que los propios fragmentos dejan abiertas.

Algo semejante ocurre con la oposición entre Heráclito y Parménides. La historia tradicional los presentó como enemigos absolutos: devenir contra ser, movimiento contra inmovilidad. Cappelletti conserva en parte esa contraposición, aunque invierte su valoración y concede superioridad al monismo dinámico del efesio. La investigación contemporánea ha señalado, no obstante, que ambos pensadores pueden compartir más problemas de lo que su oposición escolar permite reconocer. Los dos buscan un orden inteligible más allá de la percepción superficial de la mayoría; los dos distinguen la comprensión filosófica de las opiniones comunes; los dos construyen discursos que exigen una transformación del lector.

Estas objeciones no debilitan la importancia del libro. La confirman. Una obra filosófica valiosa no es aquella que clausura definitivamente la interpretación, sino la que reorganiza el campo de discusión y obliga a leer nuevamente los textos. Cappelletti consigue que el lector deje de repetir las fórmulas “todo fluye” y “nadie se baña dos veces en el mismo río” como si agotaran el pensamiento de Heráclito.

Su Heráclito no es el poeta melancólico de la fugacidad ni el profeta oscuro de un universo condenado a desaparecer. Es el pensador de una permanencia que solo puede existir transformándose. Las cosas no poseen una identidad rígida que después resulta atacada por el cambio. Su identidad se constituye en el cambio, mediante relaciones, intercambios y tensiones.

La enseñanza alcanza también al ser humano. El carácter no es una sustancia terminada, sino una forma que se construye a través de acciones. La inteligencia no consiste en acumular información, sino en comprender relaciones. La ciudad no puede sostenerse mediante voluntades privadas inconexas, sino mediante una ley común. La filosofía comienza cuando el individuo abandona la ilusión de que su pensamiento particular es la medida absoluta de las cosas y aprende a escuchar aquello que es común.

Hay en esta lectura una resonancia política compatible con otras dimensiones de la obra de Cappelletti. Su interés por el pensamiento libertario no se incorpora artificialmente al estudio de Heráclito, pero sí orienta su desconfianza ante las estructuras dualistas, las jerarquías metafísicas y las realidades separadas. La unidad que busca no es la uniformidad impuesta desde arriba. Es una unidad producida por la relación entre diferencias que conservan su tensión.

Tal vez por eso Heráclito ocupó un lugar tan importante en su pensamiento. El efesio le ofrecía una ontología capaz de pensar simultáneamente la unidad y la pluralidad, el orden y el conflicto, la permanencia y el cambio. Esa filosofía permitía concebir un mundo sin recurrir a una autoridad exterior que lo gobernara. El orden emerge de las propias relaciones de la naturaleza.

La filosofía de Heráclito de Éfeso merece ser recuperada no solo como contribución a los estudios clásicos, sino como parte de la historia intelectual latinoamericana. Cappelletti demostró que la filosofía griega podía ser investigada desde América Latina con rigor filológico y, al mismo tiempo, con independencia interpretativa. No escribió desde la periferia de una tradición europea, sino desde un espacio filosófico capaz de dialogar críticamente con ella.

El libro permanece porque su pregunta continúa abierta. ¿Cómo puede algo conservarse mientras cambia? ¿Qué clase de unidad admite la diferencia sin anularla? ¿Puede existir un orden que no suprima el conflicto? ¿Es posible comprender el mundo sin separarlo en sustancias irreconciliables?

Heráclito no ofrece respuestas simples. Cappelletti tampoco. Ambos obligan a pensar en una zona donde los contrarios dejan de excluirse absolutamente y comienzan a revelarse como términos de una misma tensión. En esa zona arde el fuego heraclíteo: nunca idéntico en sus llamas, nunca ajeno a la medida que le permite continuar siendo fuego.

Valoración de Editorial Argos

La filosofía de Heráclito de Éfeso es una interpretación rigurosa, apasionada y filosóficamente comprometida. Su mayor mérito consiste en rescatar a Heráclito de la fórmula trivial del cambio absoluto y mostrar que su pensamiento está gobernado por una relación inseparable entre devenir, unidad, medida y logos. Cappelletti no presenta al efesio como un precursor imperfecto de doctrinas posteriores, sino como un filósofo cuya ontología conserva una potencia propia.

Aunque su reconstrucción monista puede resultar demasiado sistemática frente al carácter fragmentario de las fuentes, el libro constituye una contribución de primer orden a la filosofía antigua escrita en lengua española. Es también una obra representativa de la madurez del pensamiento filosófico desarrollado en Venezuela y de la capacidad latinoamericana para intervenir con voz propia en la interpretación de los clásicos.

Referencia bibliográfica

Cappelletti, Á. J. (1969). La filosofía de Heráclito de Éfeso. Monte Ávila Editores.