Antes de la filosofía: Gustavo Bueno y la reconstrucción materialista del pensamiento presocrático
Gustavo Bueno, La metafísica presocrática. Primera edición: Pentalfa Ediciones, Oviedo, 1974. Nueva edición: Obras completas de Gustavo Bueno, tomo 9, Pentalfa, Oviedo, 2025.
Por Redacción Editorial Argos
5/8/20248 min read


Hay libros dedicados a la filosofía antigua que se limitan a ordenar doctrinas, enumerar nombres y repetir una secuencia conocida: Tales habría afirmado que todo procede del agua; Anaximandro habría situado el origen en lo indefinido; Heráclito habría sostenido que todo fluye; Parménides, por el contrario, habría negado el movimiento; Demócrito habría explicado la realidad mediante átomos y vacío. Bajo esa forma pedagógica, la historia del pensamiento presocrático corre el riesgo de convertirse en una galería de opiniones primitivas, respetables por su antigüedad, pero superadas por el desarrollo posterior de la ciencia y de la filosofía.
La metafísica presocrática, de Gustavo Bueno, fue escrita precisamente contra esa manera de narrar el nacimiento del pensamiento filosófico. El libro comenzó a tomar forma en 1973, cuando Bueno preparaba un curso universitario de Historia de la Filosofía en la Universidad de Oviedo, y apareció en 1974 como el primer título publicado por Pentalfa Ediciones. Más de medio siglo después, la obra fue incorporada como noveno tomo de sus obras completas, en una nueva edición publicada en 2025.
No se trata, sin embargo, de una introducción convencional a los llamados filósofos presocráticos. Desde sus primeras páginas, Bueno formula una pregunta metodológica anterior a cualquier exposición histórica: ¿qué significa hacer historia de la filosofía? Una cosa es reconstruir filológicamente los fragmentos, testimonios, fechas y vocablos transmitidos por la tradición; otra, muy distinta, es interpretar filosóficamente las relaciones entre las doctrinas. La filología establece qué puede atribuirse razonablemente a Tales, Anaximandro, Parménides o Empédocles. La historia filosófica intenta comprender por qué esas doctrinas surgieron, contra qué posiciones se construyeron y qué transformaciones introdujeron en el campo intelectual de su tiempo.
Esta distinción explica la singularidad del libro. Bueno no considera que una historia de la filosofía pueda escribirse desde una supuesta neutralidad absoluta. Quien organiza doctrinas, selecciona problemas y establece continuidades ya está utilizando alguna idea de filosofía. La verdadera alternativa no se produce, por tanto, entre una historia interpretativa y otra completamente neutral, sino entre interpretaciones explícitas, capaces de justificar sus criterios, e interpretaciones implícitas que presentan sus presupuestos como si fueran simples hechos.
La tesis más provocadora de la obra consiste en afirmar que los presocráticos todavía no representan la filosofía en sentido estricto. Bueno los sitúa en un ciclo intermedio al que denomina “metafísica presocrática”: una forma de racionalidad que rompe parcialmente con las narraciones míticas, pero que aún no ha alcanzado la estructura crítica e institucional que aparecerá con la sofística, Sócrates y, sobre todo, Platón. Los presocráticos no serían simples narradores de mitos, pero tampoco filósofos plenamente constituidos. Serían los autores de una transformación intelectual indispensable para que la filosofía pudiera nacer.
Esta afirmación no pretende disminuir la importancia de Tales, Anaximandro, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Empédocles o Demócrito. Por el contrario, intenta explicar con mayor precisión su lugar histórico. El pensamiento presocrático habría comenzado a reorganizar racionalmente los materiales heredados de las cosmologías míticas, sustituyendo genealogías divinas por principios impersonales, estructuras cósmicas, proporciones, oposiciones y procesos. El mundo ya no sería explicado únicamente mediante la voluntad de los dioses, sino mediante relaciones que aspiran a poseer una validez objetiva.
La clave de esa transformación se encuentra, para Bueno, en la geometría griega. La racionalidad geométrica proporcionó un modelo de construcción en el que las conclusiones no dependían de la autoridad de un sacerdote, de un poeta o de una tradición religiosa, sino de relaciones demostrables. Esa forma de operar habría influido decisivamente en la reconstrucción presocrática del cosmos. Por eso Bueno habla de una “metafísica geométrica”: los antiguos contenidos cosmológicos fueron reorganizados mediante esquemas de unidad, límite, proporción, oposición y totalidad derivados de prácticas racionales estrechamente relacionadas con la geometría. Décadas después de la publicación del libro, el propio Bueno seguía defendiendo que la aparición de la filosofía griega no podía separarse del desarrollo de esa primera gran disciplina científica.
La obra se inicia con la Escuela de Mileto. Tales no aparece solamente como el hombre que habría dicho que el agua es el principio de todas las cosas. Bueno examina las distintas posibilidades de interpretar esa afirmación y busca reconstruir el tipo de racionalidad contenido en la doctrina del arché. Lo decisivo no es averiguar si Tales descubrió una verdad física comparable con las teorías científicas modernas, sino comprender el desplazamiento intelectual que supone buscar un principio común a la multiplicidad de los fenómenos.
Anaximandro ocupa un lugar aún más significativo. Su concepto de ápeiron, lo indeterminado o ilimitado, no es tratado como una sustancia misteriosa escondida detrás de las cosas. Bueno lo interpreta dentro de una relación dialéctica entre el fondo indeterminado y el cosmos organizado. El mundo aparece como una totalidad limitada que se recorta sobre aquello que no puede reducirse a una forma cósmica particular. La importancia de Anaximandro radicaría, entonces, en haber llevado la pregunta por el principio más allá de la identificación inmediata con una realidad concreta.
El estudio del pitagorismo permite mostrar de manera más directa la relación entre matemáticas y cosmología. El número no funciona simplemente como una respuesta extravagante a la pregunta por la sustancia del universo. La escuela pitagórica representa un programa de reconstrucción del cosmos mediante proporciones, medidas y relaciones formales. La armonía musical, las figuras geométricas y los movimientos celestes podían ser interpretados dentro de un mismo horizonte de inteligibilidad. El cosmos dejaba de ser únicamente un orden narrado para convertirse en un orden susceptible de ser reconstruido mediante relaciones.
Uno de los momentos más intensos del libro es el análisis de Heráclito y Parménides. Bueno evita reducirlos a la oposición escolar entre el filósofo del cambio y el filósofo de la inmovilidad. Su enfrentamiento forma parte de un sistema de problemas más amplio: unidad y multiplicidad, identidad y transformación, apariencia y realidad, continuidad y discontinuidad. Heráclito no se limita a proclamar que todo cambia, del mismo modo que Parménides no se limita a negar ingenuamente la experiencia del movimiento. Ambos llevan hasta sus consecuencias extremas tensiones internas que ya estaban presentes en las cosmologías anteriores.
Desde esta perspectiva, las doctrinas presocráticas no forman una colección arbitraria de respuestas. Constituyen una secuencia dialéctica. Cada sistema intenta resolver dificultades heredadas, pero al hacerlo produce contradicciones nuevas. Los pluralistas, como Empédocles y Anaxágoras, buscan conservar la estabilidad defendida por el eleatismo sin renunciar a explicar la multiplicidad y el movimiento. El atomismo clásico, finalmente, aparece como una culminación del ciclo: los átomos conservan ciertos atributos del ser parmenídeo, mientras que el vacío y las combinaciones permiten reconstruir el cambio, la diversidad y el movimiento.
Esta manera de organizar la historia es uno de los principales logros de la obra. Los autores dejan de parecer individuos aislados que pronunciaron intuiciones enigmáticas y pasan a formar parte de una trama objetiva de problemas. La historia de la filosofía no avanza porque cada pensador tenga una personalidad diferente, sino porque las doctrinas entran en conflicto, muestran insuficiencias y obligan a construir nuevas posiciones.
La lectura de Bueno también cuestiona la representación romántica del filósofo como una conciencia solitaria que contempla el universo. Las doctrinas nacen en ciudades, escuelas, comunidades políticas y tradiciones técnicas. Mileto no es un simple decorado geográfico: es una ciudad vinculada al comercio, la navegación, la cartografía y el contacto entre culturas. El pitagorismo no puede separarse de la organización de su escuela. El pensamiento eleático tampoco existe al margen de sus formas de transmisión y confrontación. La racionalidad filosófica es una actividad histórica e institucional, no una iluminación privada.
Esta dimensión institucional conduce a otra tesis importante: la filosofía estricta no comienza para Bueno con una primera respuesta sobre la composición del universo, sino cuando las diferentes construcciones metafísicas pueden ser confrontadas sistemáticamente. La filosofía surgiría del conflicto entre sistemas incompatibles y de la necesidad de examinar críticamente sus principios. La sofística y la experiencia política de la polis prepararon ese escenario, pero será la Academia platónica la que otorgue a la filosofía una forma institucional duradera. En este sentido, la filosofía no nace únicamente cuando alguien formula una idea extraordinaria, sino cuando existe un espacio organizado en el que las ideas pueden ser enseñadas, discutidas, destruidas y reconstruidas.
El lector no está obligado a aceptar completamente esta delimitación. Puede sostenerse que llamar “metafísicos” y no “filósofos” a los presocráticos depende de una definición demasiado restrictiva de filosofía. También puede objetarse que la insistencia en la geometría corre el riesgo de reducir la compleja transición entre mito, religión, poesía y pensamiento racional a un factor privilegiado. Las cosmologías griegas conservaron imágenes, estructuras narrativas y elementos religiosos que no desaparecieron con el desarrollo de las matemáticas.
Existe, además, una dificultad inevitable en toda interpretación sistemática de los presocráticos: la mayor parte de sus obras se ha perdido. Lo que conocemos procede de fragmentos, paráfrasis y testimonios transmitidos por autores posteriores, muchas veces interesados en incorporar esas doctrinas a sus propias clasificaciones. Reconstruir una secuencia dialéctica tan precisa a partir de materiales fragmentarios puede introducir una coherencia que quizá no poseyeron los textos originales.
Sin embargo, esas objeciones no anulan la fecundidad del libro. Su valor reside precisamente en obligar al lector a abandonar la comodidad del inventario. Bueno no pregunta solamente qué dijo cada autor, sino qué operaciones intelectuales hicieron posible esas doctrinas y qué lugar ocuparon en la constitución histórica de la filosofía. Incluso cuando sus conclusiones resultan discutibles, el marco de problemas que propone es considerablemente más rico que la sucesión rutinaria de escuelas y definiciones.
La metafísica presocrática es también una defensa de la historia de la filosofía como actividad propiamente filosófica. El pasado no es un depósito de opiniones muertas. Las doctrinas antiguas siguen actuando porque muchas de las ideas con las que pensamos —materia, unidad, multiplicidad, identidad, movimiento, límite, infinito, cosmos— fueron configuradas en aquellas controversias. Estudiar a los presocráticos no consiste en rendir homenaje a una infancia remota del pensamiento, sino en reconocer algunos de los problemas que todavía organizan nuestra comprensión de la realidad.
La obra de Gustavo Bueno exige una lectura lenta. Su terminología, sus distinciones ontológicas y su constante confrontación con otras interpretaciones pueden dificultar el acceso inicial. No es un libro pensado para quien busca una introducción elemental ni una colección de anécdotas sobre sabios antiguos. Pero esa dificultad forma parte de su mérito: obliga a tratar el pensamiento griego con la seriedad reservada a una filosofía aún capaz de intervenir en los problemas del presente.
Cincuenta años después de su primera publicación, La metafísica presocrática conserva su fuerza porque no ofrece una historia pacificada. Presenta el nacimiento de la racionalidad como un proceso conflictivo en el que los sistemas se construyen unos contra otros. Antes de Platón, la filosofía todavía no habría alcanzado, según Bueno, su forma estricta; pero sin Mileto, sin los pitagóricos, sin Heráclito, Parménides y los atomistas, esa forma habría sido imposible.
Ese territorio previo, situado entre el mito y la crítica filosófica, es el verdadero objeto del libro. Gustavo Bueno no contempla a los presocráticos como reliquias inaugurales, sino como arquitectos de una transformación irreversible: el momento en que el cosmos comenzó a dejar de ser solamente narrado y empezó a ser reconstruido mediante conceptos.
Valoración de Editorial Argos
La metafísica presocrática es una obra rigurosa, polémica y filosóficamente ambiciosa. Su mayor aportación consiste en mostrar que la historia del pensamiento griego no puede reducirse a la acumulación de doctrinas personales. Los sistemas presocráticos forman una trama de oposiciones, problemas y transformaciones históricas sin la cual no puede comprenderse el nacimiento de la filosofía occidental. Aunque algunas de sus tesis admiten discusión, el libro permanece como una de las interpretaciones en lengua española más originales y sistemáticas sobre los orígenes del pensamiento filosófico.
Referencia bibliográfica
Bueno, G. (2025). La metafísica presocrática (Obras completas, tomo 9). Pentalfa. Obra originalmente publicada en 1974.
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